El verso o la sauna
El cierre de la librería Hiperión hace unos meses se acogió en los círculos culturales con sensación de derrota


En 2024 cerró Hiperión, una de las mejores librerías de Madrid dedicada a la poesía. Aquel negocio resistía, haciendo honor a su propio nombre, de forma titánica en un local situado a pocos metros de la Puerta de Alcalá. Los libros de Rilke, Sor Juana o Eliot se exhibían orgullosos tras el cristal, recordándonos muchas cosas saludables. Entre otras, que la humanidad es también un ejercicio cultural que va desde los hexámetros de Homero hasta el último de los poetas jóvenes editado, precisamente, por Hiperión. Que en la milla de oro de una capital europea se mantuviera una librería de culto era casi un desafío intempestivo. Pero la excepción sucumbió a la norma.
Tras su cierre, en los círculos literarios de Madrid la noticia se acogió con sensación de derrota, aunque hubo quienes enfrentaron el hecho con realismo y resignación. “¿Tú resistirías la tentación de dedicar el local a algo más lucrativo?”, me preguntó un reputado crítico literario. Le respondí que probablemente no, pero si durante años celebramos la resistencia de la librería es porque tendemos a admirar a quienes son mejores que nosotros. Ver cómo Hiperión aguantaba entre comercios de lujo y millonarios polioperados —el buen gusto y el lujo se divorciaron hace tiempo— entrañaba una épica especial. Y no existe ninguna civilización sin héroes.
Más allá de las cansinas beaterías culturales, e incluso rindiéndonos a las razones que motivaron el cierre, la clausura de Hiperión adquiere un valor simbólico. No es relevante solo su estricto acontecimiento singular, sino que el cierre de aquel docto escaparate rima demasiado bien con mucho de lo que nos pasa.
Desde hace semanas, la vitrina del local anuncia, con palabras en inglés y en castellano, la apertura de un negocio consagrado a la manicura, los tratamientos faciales, la escultura y hasta una sauna con infrarrojos. Las ciudades se nos han llenado de gimnasios, centros estéticos y espacios de nutrición que nos recuerdan que la obsesión por lo tangible también se ejerce en primera persona. Pero si contamos cuántos lugares dedicamos al cuidado del espíritu, tal vez no nos salgan tantos. ¿Cuántos contextos se crean de nuevo en la ciudad para guardar silencio, ejercitarse en un paso consciente, pensar o conversar?
Lo material y la tristeza van ganando la partida, y el prestigio del cuerpo hace que incluso los discursos emancipatorios se hayan obsesionado con reducirnos a una dimensión puramente física. “Poner el cuerpo”, dicen. La trampa es tan perfecta que ni siquiera parece casual.
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